Hace ya algún tiempo tenía un blog en el que algunos días me sentía inspirada y escribía cosas que apenas tenían sentido. Hoy me siento aquí para volver a las andadas con ello. Si la pereza no me lo impide, imagino que iré contando aquellas anécdotas, visiones y sentimientos que necesite expresar.
Siempre me ha gustado observar a la gente, me encanta ver las características y los diferentes comportamientos que tenemos, y que consiguen que seamos seres únicos, sin haber nunca dos iguales. A través de nuestros gestos expresamos, casi sin quererlo, nuestros miedos, nuestras preocupaciones, nuestras alegrías... Y es por eso que, dedicándole unos minutos cada día, podemos aprender innumerables cosas.
Para empezar, contaré un hecho que hace unos días me hizo sentir algo indescriptible. Volvía a casa en el metro, después de todo el día trabajando. Esto es algo que ocurre cada día, y nada tendría de especial de no haberme montado en ese vagón y ser testigo de lo que vi. Llegué a mi parada, y, mientras el tren iba parando, pude ver cómo una pareja se despedía para que ella pudiera subirse en el tren del cual yo estaba a punto de bajar. Como he dicho, todo esto no tendría más sentido si no fuera por lo que sentí al observarlos durante esos pocos segundos.
Ellos se besaban, sí, pero no lo hacían como una pareja normal. De ese beso se extraía más información que la otros besos nos permiten conocer. El chico posaba sus labios encima de los labios de su pareja, la altura así lo requería, y al hacerlo transmitía un cariño que solo puede sentirse cuando es real. Cada vez que se despegaban, abrían los ojos lentamente y se miraban mientras una media sonrisa traviesa se dibujaba en sus rostros para dar paso a otro beso que si no era el más efusivo, estaba cargado de grandes dosis de respeto y amor, dejando entrever, además, una pequeña dosis de pasión.
Con ese beso, en el que cual me vi envuelta casi sin quererlo, se olvidaban del mundo. Todo lo demás no importaba, solo ellos y su amor, y dejaban al resto de factores en un segundo plano. Al final, ella montó en su tren y él esperó pacientemente a que este marchara para continuar con su camino. Sus miradas no se separaron ni un momento mientras la distancia se iba apoderando de ellos. Yo, con la cabeza llena de preguntas y una sonrisa dibujada en los labios, salí de la estación y continué hasta mi casa, no sin antes volver la vista y observar una última vez a esa pareja que continuaba mirándose y que tanto me había transmitido con su beso de despedida.
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