El bucle infinito empezaba cada día, soltándose lentamente del anterior, y terminaba a la mañana siguiente, dando un empujón al nuevo que estaba por florecer. Desde la lejanía se dejaba ver su delgada línea que, como un tirabuzón largo y dorado, se mecía coqueta entre los pensamientos. Cantos de sirena embrujadores, salid de mi cabeza.
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